sábado, 15 de septiembre de 2012

43 puestas de sol




- Un día, vi al sol ponerse cuarenta y tres veces !

Y un poco más tarde agregabas:

- Sabes... cuando se está tan triste a uno le gustan las puestas de sol...

- El día de las cuarenta y tres veces estabas entonces muy triste ? Pero el principito no respondió.




Mis conocidos siempre suelen reclamarme que es imposible comunicarse conmigo, vía telefónica, pues mi celular siempre está descargado. Antes si no era por messenger no sabían de mi en meses, ahora es por Facebook, lo que no me comuniquen por Facebook, pocas posibilidades tienen de que me llegue. No sé, en realidad si es intencional o no, pero tienen razón, suelo olvidarme de mi celular por semanas, para mi es un alivio que no suene, especialmente los fines de semana en que quiero desconectar de todo. A veces creo que le tengo aversión.

Odio las llamadas por las noches, sobre todo aquellas que no te da tiempo a contestar y cuyos autores no tienen a bien dejarte un mísero mensaje. Nunca respondo llamadas de números desconocidos. Siempre pienso que si es algo sumamente importante, me mandaran un mensaje de texto o buscaran la manera de comunicármelo. Odio encender mi teléfono porque parece una maldición, puedo tenerlo desaparecido por semanas y no pasa nada, pero justo el día que lo tengo encendido llegan con una mala noticia.

Si no hubiera tenido encendido mi teléfono no habría escuchado al otro lado del teléfono aquel marzo de 2011 los llantos desesperados de mi hermana cuando mis sobrinas y mi madre fueron víctimas de aquel atendado, ni habría pasado aquellas meses infernales viviendo de a poco, a cuenta gotas, ni me habría después sentido tonta, perdida, inmersa en un mar de mentiras, malos entendidos, verdades a medias.

Si hubiera dejado apagado mi teléfono no me habría enterado aquel 11 de noviembre mediante un frío mensaje de texto que mi prima, mi compañera de juegos de la infancia, falleció víctima de esa maldita enfermedad, la gran C. Y que yo, por cobarde, porque todo lo complico, porque hay veces que mis miedos (mis grandes y verdaderos miedos) me dejan paralizada, porque aun no superaba mi propia historia con esa palabra que me veo incapaz de pronunciar en voz alta, no tuve el valor para ir a visitarla, para decirle que la quería, que deseaba que se recuperara. Cómo verla ahí, siendo apenas un fantasma de lo que alguna vez fue, cómo encontrar las palabras, la fortaleza para verla sin soltarme a llorar, para darle ánimos, si yo misma a pesar de que todo resultó bien no supero el miedo, si cada 27 de noviembre recuerdo aquella angustia, aquel infierno chiquito que viví en silencio por medio año, seis meses en los que mi vida se mantuvo en pausa, ¿cómo?

Si no hubiera encendido mi teléfono no habría recibido aquella mañana de sábado, hace apenas un par de meses (aquel 7 de julio a las 10:35 de la mañana para ser exactos), esa llamada diciendo que mi tío, el que era el sostén de esa familia, mi mayor fan, el que cada vez que iba de visita no paraba de decirme lo orgulloso que estaba de mi por haber salido adelante sin el apoyo de nadie, el que me hacía sentir como una princesa cada vez que los visitaba porque sólo bastaba con expresar que tenía antojo de algo para que el tratara en la medida de sus posibilidades de ver que se hiciera realidad, pequeños detalles, pero que siempre seguirán en mi memoria, el que me hacía regresar a casa llena de optimismo y sintiendo que mi carga de responsabilidades se aligeraba porque no estaba sola, se debatía entre la vida y la muerte y que daban pocas esperanzas de que se recuperara. Después me daría cuenta que fue la manera más sutil que encontraron de decirme que había fallecido.

Si no hubiera encendido mi teléfono, no me habría enterado justo ayer por la noche, que le han llamado a mi madre para darle los resultados de sus estudios clínicos y que por la premura con la que le han llamado las cosas no parecen nada favorables.

Si no hubiera encendido mi teléfono no habría recibido hace unos pocos minutos esa llamada de mi tía diciendo que mi abuelita está grave, que me necesita. Yo sé que a sus 95 años es normal, yo sé que después de 20 años de angustia, de esperar esa llamada fatídica, ya debería estar acostumbrada, pero no lo estoy, ni sé si podré estarlo algún día, si podré pensar en ello sin sentir un hueco en el estómago y que todo lo demás va girando muy deprisa y luego muy lento, hasta desaparecer. Hoy sé que no sentiría esta sensación de desesperación e impotencia, de que el martes (cuando haya pasado el puente y los bancos abran) está demasiado lejos, de querer darle todo, de vender todo cuanto poseo para que hagan todo lo necesario para que ella esté bien, y a la vez este sentimiento de injusticia, de frustración, que me hacen sentirme egoísta, por estas ganas de reclamar al universo esa manía que tiene de arruinarme los planes cuando me dispongo a permitirme un poquito de diversión para mi. Todo pintaba para ser un gran puente y ya ves...

En días como estos entiendo la importancia de esa coraza, de la anestesia que me administro, porque no sé si es que me estoy ahogando en un vaso de agua, o en verdad me encuentro en medio de una gran tormenta, pero creo que esto no es normal, tantas desgracias en tan poco tiempo no es normal. ¿Hasta cuando dejará de ser mi vida como una especie de telenovela barata escrita por subnormales carentes de talento? Es que esto no es normal, esto tira hasta al árbol más fuerte y yo soy apenas un arbusto creyéndose roble. Hace tiempo que dejé de creer en Dios porque entendí que mientras creyera en él, más difícil me resultaría superar estos golpes. No cabe en mi cabeza creer que pueda haber un dios que considere que así debe ser la vida, así que lo lógico es pensar que no lo hay. Me siento más tranquila, con la idea de que no hay un señor sádico haciendo de mi vida una pesadilla mientras yo soy un títere que no puede escapar de sus caprichos. Es más fácil pensar que la única que se complica o facilita la vida soy yo misma.

Sé que hoy, si no hubiera apagado de nuevo el teléfono, podría marcar el número de mi mejor amiga y contarle, dejar que me consolara, que me diera ánimos, que me dijera que todo va a estar bien. También podría escribirle un largo mail a Mikel para descargarme con el, para recibir a la vuelta miles de besos, abrazos, apapachos y carantoñas, mezclado con un mensaje que diga que el día que venga me dará un abrazo de los que te cagas y me llevará a ver a mi abuela, incluso podría escribirte a ti, y tal vez recibiría en mi bandeja ese mail que tanto espero y que luego descubro decepcionada que es correo basura. Pero no quiero mensajes de aliento, ni que me digan que todo va a estar bien, sé que lo estará, que mañana volveré a ser fuerte, a mover cielo, mar y tierra para solucionar los problemas, que mañana volveré a ser Atlas cargando este mundo de responsabilidades, y lo haré de la manera más calmada y optimista posible...porque yo soy así, fuerte, resilente, práctica, de las que siempre le busca el lado bueno a las cosas...pero hoy no tengo ganas de serlo, hoy solo quiero que me abracen fuerte y me dejen ver el mundo como lo que realmente es...una mierda, sin hacerme sentir mal por tener una visión pesimista de la vida, joder, es sólo por hoy...

Hoy tengo ganas de ser el principito con sus 43 puestas de sol, con mis 43 funciones de matiné.

10 comentarios:

  1. Bien dicen que las desgracias no vienen solas, no se porque es, pero son como rachas, viene una y atras mas.

    Solo puedo mandarte ese abrazo que reclamas, lo demas, ya lo has dicho, pasara...

    Besostes.

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    1. Gracias Cheli por tu comentario y por ese abrazo, que aunque sea virtual, reconforta. Yo solo espero que aqui quede esta condenada racha y que lo que resta del año ya sea solo buenas noticias. Besos.

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  2. A mí, a veces, también me da miedo tener el teléfono en marcha. Por mi trabajo, casi siempre lo tengo activo, pero entiendo que mi vida es un poco como un cruce donde llegan llamadas. Y con cada llamada llega lo inevitable.

    Y otras veces estoy días sin responder a las llamadas. Por cobardía. Es como si me escondiera.

    Un fuerte abrazo

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    1. Hola! Gracias por comentar y por el abrazo. Lo mio con el teléfono es como dices, un poco cobardía, una reacción similar a cuando somos niños y tenemos miedo a la oscuridad, nos escondemos bajo las sábanas para protegernos, aunque realmente poco puedan hacer. Con el teléfono pasa algo similar, no odiamos ni tememos al teléfono en sí, solo es un instrumento, a lo que le tememos es a las malas noticias, que aunque son inevitables, da igual, porque a veces mantenerlo apagado o posponer el responder a una llamada por lo menos nos da un respiro, es como meternos bajo las sábanas a la espera de que amanezca o que alguien encienda la luz.

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  3. Ay, nena... Un abrazo muy fuerte desde aquí. Deseo que todo salga lo mejor posible. Hay veces que parece que todo lo malo se nos viene junto pero luego hay rachas buenas. Esas son las que nos dan las fuerzas para afrontar los malos momentos. Un beso enorme!!!

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    1. Muchas gracias por tus buenos deseos Álter. Yo también espero que si, que todo mejore, o por lo menos si no me jora, encontrar fuerzas para sopotarlo. Hoy ya me siento mejor. Me he puesto a pensar en que el pasado ya no lo puedo cambiar y aunque me siga doliendo, creo que poco a poco tengo que irme liberando de él, y el futuro, por mucho que parezca negro y me agobie la incertidumbre, también puede cambiar de manera favorable, asi que trataré de no adelantarme a los acontecimientos e ir afrontando las cosas una a una. Como suelen decir, un día a la vez, que de lo contrario, resulta demasiado difícil. Abrazos.

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  4. Puf, no sé qué decir. La verdad es que son demasiadas desgracias en poco tiempo, y no se te puede culpar, ni siquiera dejar de comprender, de que pierdas tu fe. Eso sí, yo soy de la opinión contraria: es más fácil ser feliz creyendo en Dios que no haciéndolo. Pero cada uno lo lleva como puede, y si a ti ahora te ayuda no creer, seguramente sea lo que debes hacer.

    En cuanto al teléfono, bueno... si uno lo apaga durante mucho tiempo y lo enciende una vez, es normal que entonces se entere de las cosas. No se trata de maldición, sino de pura estadística: todos los momentos anteriores en que estaba apagado se condensan en el primero en que lo tienes encendido. Y viene todo de golpe. No te estoy diciendo nada que no sepas. Hay cosas de las que no se puede escapar, y mucho menos apagando un teléfono. Solo te queda ser fuerte, que es más fácil decirlo que hacerlo, y pensar que igual que el teléfono te trae malas noticias, tal vez debas empezar a pensar en buscarle tú las buenas. Es un instrumento de doble sentido. Llama a alguien.

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    1. Sabes, a pesar de lo que digo, sea por aculturamiento o porque necesito creer, no puedo negar completamente la existencia de Dios. Tal vez muy en el fondo sigo creyendo en él, solo que por ahora he decidido ignorarlo, no lo sé. Lo que sé es que no creo en un Dios bajo los principios de ninguna religión ni siquiera en un Dios personal al que le rezas y viene a ayudarte con los problemas, más bien, con ese menos del 10% de religiosidad que aún queda en mí, entiendo mi necesidad de creer, como una necesidad antropológica del ser humano de creer en algo para no sentirse perdido, para encontrarle un mayor sentido a su existencia, creo, por asi decirlo en alguna fuerza superior cuya función aun no tengo del todo claro. No me considero atea sino deista, y esto no es algo que surgiera a raíz de este último año, sino algo que ha venido dándose progresivamente desde la infancia hasta llegar a este punto. Por otra parte, lo mio con el teléfono, no es que lo consideré como una especie de "instrumento del demonio" (xD), lo ocupo de manera normal, pero no me pasa como a la mayoría, que sin su "cel" se sienten perdidos, yo lo mantengo encendido por que hay que tenerlo encendido, pero si por mi fuera ni siquiera tendría, pero claro es útil y necesario en estos tiempos. En realidad no odio el teléfono como tal, es más me encanta y sorprenden todos los adelantos tecnológicos que ahora tienen (muero por los Iphone), sin duda he recibido muy buenas noticias a través de él, y me ha sido de mucha utilidad, si ahora mismo me pusiera a pensar en cuántas cosas buenas me habría perdido si no tuviera teléfono tal vez superarían con facilidad a todas las malas que he enunciado aquí, simplemente el hecho de mantenerme en contacto con mi familia, como ayer al escuchar la vocecita de mi sobrina al otro lado contándome de sus primeros días de clases, ya compensa todo lo demás. Creo que ese recelo subconsciente que he desarrollado por él ni siquiera se debe propiamente a las malas noticias que me llegan a través de él, sé que son inevitables y que es necesario estar enterada. Creo que lo que en realidad odio es la disponibilidad que se tiene con él, la manera en como puede interrumpirte a mitad de tu trabajo, de un evento, de tu sueño, de una carcajada, de un momento de felicidad y borrarlo de manera automática. Prefiero no estar tan disponible para nadie en mi día a día, dejar que este se desarrolle de manera habitual y enterarme de lo que tenga que enterarme, en la tranquilidad de mi casa, en el momento que me disponga mentalmente a escuchar los mensajes en la contestadora. Debo reconocer que soy, si no un poco rara, digamos si "especial", porque también por ejemplo, necesito desesperadamente mis fines de semana para mi, deconectando completamente de todo lo demás, incluso normalmente detesto las visistas inesperadas, y no es por las personas, recibo a todo mundo con gusto, me encantan las reuniones en mi casa, estar rodeada de gente, pero prefiero que me avisen que piensan visitarme para prepararme. No sé, supongo que lo que odio en si son las interrupciones abruptas a mi rutina. Gracias por tomarte el tiempo para comentarme. Abrazos.

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  5. No hay Arbol que el Viento no haya Sacudido!!! Animo porque el Viento tambien sirve para mover molinos!!!

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    1. Gracias por tu comentario y por los ánimos, me da gusto que sigas pasándote por aquí. Me encantó volver a leerte, ojalá que ya no te pierdas tanto tiempo.

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