domingo, 15 de junio de 2014

Cuentos de un país de la patada

 
 
En un país de la patada de cuyo nombre no quiero acordarme, existía un pequeño pero poderoso aparato que tenía sometidos a sus habitantes. Tan poderoso era, que dictaba las leyes de ese país, decidía cuando se podían reunir las familias, la hora de dormirse, la manera en que debían vivir las personas y hasta educaba a los niños.
 
Los habitantes de este pueblo, a pesar de encontrarse tiranizados por semejante artefacto, vivían gustosos trabajando como hormigas y hundidos en la pobreza, porque a pesar de ello, todos tenían la suerte de contar con una réplica de este peculiar aparato al que podían contemplar extasiados al terminar sus labores y así olvidar sus miserables vidas.
 
En este país estaba prohibido dejar de trabajar para salir a protestar por las injusticias que ahí ocurrían, so pena de ser despedido, encarcelado, vapuleado, denigrado y hasta asesinado por tan criminal acto ¡¡ Cómo se les ocurría desestabilizar la economía, causar caos en los medios de transportes, dar mal aspecto a las calles, contaminar, no pensar en el bienestar de los niños y hasta dejarlos sin clases, pero sobre todo criticar a "papá aparato" solo para defender sus derechos !! ¡Flojos!¡Anarquistas!¡Criminales!
 
Sin embargo, todo se paralizaba por un juego de futbol, pues para la gente de ese país, su bienestar, su dignidad, su futuro, no dependía de un país democrático sino de su valiente aunque mediocre selección. Cuando estos "valerosos" hombres jugaban, el mundo se detenía y nadie protestaba ni llamaba flojos a los demás, ni les importaba el bienestar de los niños,  ni la violencia en sus calles, ni la falta de oportunidades, ni la pobreza, ni la corrupción de sus gobernantes, NADA, pues en ese momento todo en el universo se acomodaba, todo en sus vidas estaba bien,  porque... ¡¡Caray, jugaba la selección!!

1 comentario:

  1. Qué Orweliano te ha quedado... Y cuánta razón. Un besote!!!!

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¡Hey! Pero ¿Qué hace? ¡Oiga! ¡alto! ¿Acaso no ha leído la advertencia? ¡Gente! Nunca leen las letras pequeñas...

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