martes, 20 de marzo de 2012

Enseñando también se aprende I



Esta semana cumplo ocho años como profesora. Lo pienso, y lo pienso y me digo que no puede ser que haya pasado tanto tiempo, si apenas hace...¿qué? ¿uno o dos años que recién egresé de la Normal?, me digo que cómo puede ser posible que haya pasado tanto tiempo si todavía cuando hacen referencia a los maestros jóvenes que vienen cargados de ideales, de sueños, de ilusiones, conocimientos e ideas vanguardistas siento que están hablando de mi, si yo aun siento que formo parte de esas nuevas generaciones que van  inyectarle vida a las escuelas, a cambiar la visión de los profesores veteranos. Decían en broma unos compañeros "ya eres casi una veterana". ¿Veterana? Yo no puedo ser una "veterana" aun. Veterano me suena muy feo, creo que porque equivocadamente tiene connotaciones negativas para todos, cada vez que pienso en ello viene a mi mente ese tipo de maestros que están desencantados de su trabajo, que han perdido la fe, sus deseos de hacer la diferencia en sus escuelas, esos maestros ápaticos que solo hacen las cosas porque tienen que hacerlas, esos que protestan por todo, que rechazan los cambios porque implican poner un poco más de esfuerzo, esos que al escuchar a los recien egresados hablar con tanta emoción, pensando que van a cambiar sus comunidades y hasta el mundo, los tratan con cierta indulgencia, como pensando "ya aprenderán", ¿cómo puedo serlo si aun siento esa chispita encendida en mi interior? ¿Cómo puede ser posible que hayan pasado ocho años así de rápido si aun no logro todas las metas que me propuse conseguir antes de cumplir diez años? si aun siento que sigo siendo yo, la chica aquella que llegó por primera vez a "La pequeña Londres" con su maleta prestada, lo suficiente para sobrevivir un mes y  repleta de ilusiones, con tanta vulnerabilidad bajo el brazo, pero a la vez con un espíritu combativo y fuerte que la hacía sentirse capaz de comerse el mundo, de enfrentarlo todo, con muchas incertidumbre, pero una sola certeza, labrarse un futuro, convertirse en profesora.  ¿Cómo es que ha pasado tanto tiempo casi sin sentirlo? ¿A caso también habré cambiado tanto si darme cuenta?


 Pero si, las cuentas cuadran. Hace ocho años ya, desde aquella primera vez en que me presente oficialmente como profesora en aquella comunidad dónde llegué sentirme como personaje de cuento cuando termine extraviada en el bosque, exahusta, adolorida y hambrienta me senté a llorar  al ver que se hacía de noche y por más que caminaba no lograba salir de esa encrucijada de caminos entre cruzados, que no llevaban a ningún lado. Y   desde entonces van

  • 2920 días transcurridos.
  • 1600 días trabajados.
  • 8000 horas frente a grupo según la versión oficial, muchas más según yo.
  • 1600 horas de preparación de las clases.
  • 350 horas de academias.
  • 20 Cursos de actualización recibidos.
  • 2 Diplomados.
  • 8 periodos de examenes nacionales para docentes en servicio aprobados.
  • 3 reconocimientos al mérito académico y uno a la excelencia educativa.
  • 6 ciclos escolares trabajando 2 horas extra por participar en un programa para abatir el rezago educativo.
  • 978 exámenes calificados.
  • Más de 260, 800 tareas revisadas.
  • 163 alumnos, 163 nombres aprendidos, 163 rostros que forman parte de mis recuerdos, 163 vidas que en mayor o menor medida he tocado, afectado... espero que en la mayoría de manera positiva.
  • 163 padres, 100 reuniones de trabajo, quizás más.
  • 163 boletas expedidas, 163 expedientes integrados.
  • 8 generaciones egresadas a las que he contribuido a formar.
  • 15 alumnos reprobados, aproximadamente.
  • 3 escuelas diferentes.
  • 6 años de experiencia como directora.
  • Cientos de discursos, de sermones, de charlas con mis alumnos para hacer de ellos mejores personas.
  • Un número infinito de quejas, acusaciones, peleas, jalones de pelo, perdida de objetos y hasta de luch, en los que he tenido que ser arbitro, detective, juez, consejero.
  • 1600 enojos como mínimo y 1600 sonrisas también, provocadas por mis traviesos alumnos.
  • 850,000 pesos y algunas decenas de besos, dibujos, cartas, rosas, pegantinas, dulces, etc, recibidos como pago.
Y la lista seguiría. Son tantas anécdotas, que muchas ya las he olvidado, y a veces surgen de manera espontánea, no sé de donde, haciéndome recordar hechos, rostros, cosas que no sabía que aun guardaba en mis recuerdos. Es tanto lo que pasa en un salón de clases, son tantas las experiencias que se comparten cuando se trabaja diariamente con una veintena de niños que traen consigo una historia familiar a cuestas, con sus alegrías, sus tristezas, sus aciertos y desaciertos, sus triunfos y fracasos, su amor y unidad, con los problemas que implica vivir en el seno de una familia, pobre, rural, disfuncional, numerosa, según sea el caso; historias que uno sabe incidirán de manera positiva o negativa en el trabajo, historias que terminan convirtiéndose inevitablemente en parte de nuestra propia historia. Sé que algunas las olvidaré (o creeré que las he olvidado),  hasta que un día me enfrente a otra similar y venga inmediatamente a mi mente el aprendizaje que me dejaron, otras siempre las tendré presentes, porque todas esas historias me han convertido no sólo en el tipo de maestra que soy, sino también en la persona que soy ahora.

Son ochos largos años. Ocho años de sueños realizados, de retos que creía insuperables superados, de aciertos, alegrías, triunfos, risas, satisfacciones, cariño, reconocimiento, pero también de derrotas, de torpezas, de épocas en que he perdido el estusiasmo por el trabajo y he querído dejarlo todo, salir corriendo y encontrar un sitio solitario donde refugiarme, de sentirme terriblemente frustrada, poco reconocida y apreciada, años en los que muchas veces he llegado a dudar de mi elección, de mis capacidades, en los que he sentido que la responsabilidad me sobrepasa, de revisión constante de mi práctica, de sacar la casta, reinventarme, ponerle una vendita a mi orgullo herido y continuar en la lucha, de terminar un ciclo escolar y renovar los votos, recuperar el amor por mi trabajo y volver a empezar con nuevos brios, tratando de hacerlo cada vez un poco mejor...

3 comentarios:

  1. Ser veterana es tener experiencia, nada más. Enorgullécete de ello... Un besote.

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  2. No es malo ser veterana, se suele usar despectivamente, pero no es asi
    Alguien muy sabio me dijo una vez, cuando el tiempo pasa rapidamente, sin que te des cuenta, significa que estan haciendo y estando en un lugar agradable, que reconforta.
    Despues de leer tu entrada, lo recorde
    Un abrazo

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  3. Hola! Gracias a las dos por comentarme. Si me siento orgullosa del tiempo que ha transcurrido, de la persona que tras haber recorrido este camino de ocho años sigo siendo, sólo que a veces me sale la vena dramática y siento que los años van pasando, es como para alertarme que no me puedo dormir en mis laureles y convertirme en lo que siempre he dicho que no quiero ser, una veterana decepcionada de la profesión, la que espera con ansias su jubilación, sólo eso. Besos a ambas.

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